Querido David:

 

Querido David:
Quizás mis palabras te parezcan absurdas. Sin duda son fugaces, y admito mi derrota: soy consciente de que no te conoceré nunca. A pesar de eso, te he visto una vez, en el Cicus, una tarde de verano con bochorno, mientras reíamos, mis amigos y yo, con las ocurrencias y anécdotas que se te ocurrían.
Hasta entonces había leído alguna novela tuya:Saber perder y Blitz. Reconozco que no he visto ninguna de tus películas. Yo siempre fui más de leer. En realidad, ese día ibas a presentar tu nuevo libro, Tierra de Campos, que hoy traigo aquí; aunque en la charla con Sara Mesa terminaste hablando de todo, menos del libro.
La novela en sí no es gran cosa: la escritura es sencilla, pero demuestras un profundo conocimiento de los entresijos del ser humano. Como dice Carlos Zanón: “quieres saber quién  eres mientras quien lo lee se pregunta por qué todo lo suyo se parece tanto a ti sin serlo”  Me gusta Tierra de campos porque, como en todo tu trabajo, se puede intuir cómo eres:  un hombre que toma decisiones aunque el pánico le convierta en un ser tembloroso. Así son los hombre que me gustan: fuertes y muy sensibles, como dije aquí una vez sobre Vicent Lindon, hombres que escuchan con atención, que son observadores, perciben tus gestos, y con sólo mirarte, saben qué precisas. Hombres que te dan tu espacio y te protegen cuando más lo necesitas, hombres, que pase lo que pase, estarán siempre cercanos. Así, pareces ser el hombre de mi vida -¿quieres casarte conmigo?-, pero incluso con esta seguridad, sé que siempre me faltará algo: alguien que me quiera como mi padre, que ya no está, de forma incondicional y para toda la vida.
Te ofrezco lo poco que sé: una pizza de las que me gusta, unas pocas fotografías, unas pobres palabras, y la vida: es todo lo que tengo.

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